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[OPINIÓN] Cómo sobreviví en Puebla, (O de cómo ser soltera en la Angelópolis)

16 diciembre, 2016 a las 9:35 am | Por: Anakaren Rojas Cuautle

Puebla es conocida a nivel nacional como la capital de la “moches”, de la extrema religiosidad, de las buenas costumbres, de la familia perfecta, de la intolerancia a la diversidad sexual. A los poblanos se les ha calificado de múltiples maneras: fresas, mamones, groseros, en una palabra “pipopes”. Cuando me ofrecieron un trabajo en esta ciudad, lo dudé. No me veía a mí misma radicando ahí; sin embargo, mi espíritu aventurero se lanzó al vacío.

                Pese a todos los pronósticos, Puebla me recibió con los brazos abiertos. Una mujer hidrocálida de acento gracioso y cabello multicolor me ofreció un especio en su casa y creo, en su corazón. Julieta Lomelí no es sólo una talentosa escritora, sino una verdadera amiga. No hay palabras para expresar lo mucho que le quiero y sobre todo, lo mucho que le debo.

Y ahí estábamos, dos mujeres foráneas de formación filosófica en una ciudad con costumbres religiosas muy arraigadas. Los primeros meses no fueron de fiesta, ni de lujuria o alcohol. Pasábamos largas noches en los cafés del centro leyendo filosofía, preparábamos los proyectos de doctorado. La Angelópolis nos ofrecía sus ruidosos bares, sus antros caros y nosotras  leyendo a Simone Weil y Arthur Schopenhauer.

En ese tiempo trabajaba en una escuela tan mediocre que no vale la pena mencionar, el salario era terrible, las horas-clase muy pocas, la exigencia no tenía límites. Un año después les conté a mis padres esta amarga experiencia: no tenía dinero, ganaba 1200 a la quincena, sobrevivía con 50 pesos a la semana, comía lo poco que podía comprar, aunque tenía mucho tiempo libre no salía del departamento porque no tenía ni para el pasaje. El panorama no mejoró, quise entrar al doctorado, no lo logré, me despidieron del trabajo, regresé a vivir con mis padres. Me sentía derrotada, frustrada, sin ganas de seguir luchando. Pero como dicen por ahí, Dios aprieta…

En menos de un mes conseguí trabajo otra vez en Puebla, en la Universidad CEI donde me ofrecieron clases en bachillerato, luego en preparatoria abierta, licenciatura, secundaria, también en modo Online. Obtuve una beca para escribir, conocí a más personas y la vida, en la capital poblana, se volvió más interesante. Ahora sí, las noches no tenían fin, entre amigos, fiestas, eventos culturales, domingos en el café, los días transcurrían rápidamente.

Dejé mi madriguera para conocer Puebla, descubrí con cierto alivio que los cuentos sobre los habitantes de la Angelópolis eran falsos, al menos en las nuevas generaciones. Mis alumnos me llenan de esperanzas. Es cierto, algunos poblanos muestran incomodidad cuando les dices que vives sola, que eres soltera, que no tienes hijos, esposo o novio. La vecina abría la cortina para ver a qué hora salía y en qué momento regresaba. Me acostumbré a las miradas de desaprobación cuando entraba sola a un bar, me encanta el fútbol pero no tengo televisión. Lo más gracioso era el rostro de la vendedora cuando compraba una, y repito una, cerveza.

Puebla me enseñó a vivir, aquí experimenté días de llanto amargo, pero también noches que se consumían entre risas, amigos y bailes. Hoy, el viento no deja de soplar, indica que el momento de partir ha llegado. Una vez más vuelvo a llenar de botas y libros mi maleta rosada. No puedo dejar la capital poblana sin agradecer profundamente a Julieta Lomelí y su invaluable amistad, a Pavel Luna (y mi querida Lorena) porque tus palabras dichas en el momento exacto me salvaron, a Rodrigo y Esteban por enseñarme que el amor existe, a Daniela Vázquez y Lucas Venegas porque gracias a ustedes aprendí a soñar. A Magali Rosete por mostrarme el significado de la libertad. A mis compañeros de trabajo especialmente a Irbin Zavaleta (donde quiera que estés), Gabriela Salas, Hermilo Luna, Martha Hernández, Josué Cruz, a mis jefes Noé Fajardo, Marina Domínguez, Leticia Campos y Edgar Melo. A la querida Indira Martínez por ser mi compañera de locuras. A Anaid Sabugal por esos cafés que extrañamente siempre se convertían en cervezas. A Victoria Azcue, Manuel Nuño y Ruth Sánchez. A mi estimadísimo Daniele Fini por las noches de cumbias y las deliciosas pastas. A mis alumnos quienes me enseñaron más de lo que yo pude imaginar…

Anakaren Rojas    

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