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[OPINIÓN] Cuando conocí a Carlos Rivera

20 noviembre, 2017 a las 7:57 pm | Por: Anakaren Rojas Cuautle

Hace un par de meses, el 13 de agosto, Carlos Rivera se presentó en su natal Huamantla abarrotando la plaza de toros. La empresa que organizó el evento se vio rebasada por la multitud que deseaba ver a su paisano. Cuando pasé por la calle y fui testigo de este alboroto, recordé con una mezcla de sentimientos los inicios de la carrera de -en ese entonces llamado- Carlos Augusto.

Comenzaba mis estudios en el Colegio de Bachilleres 02 cuando conocí a un chico alto, delgado, muy delgado, de ojos grandes y sonrisa encantadora, se dedicaba a cantar en fiestas, bodas y festivales musicales. Su voz me cautivó, emanaba muy buenas vibras, parecía que siempre estaba feliz. Unas amigas y yo decidimos –como buenas adolescentes- formar su (tal vez primer) club de fans “Se me va la vida con Carlos Augusto”. Parte de nuestro trabajo consistió en ayudarle a organizar su Tercer Aniversario como cantante (Tres años de Cant-arte), el cual se celebró en la Casa de la cultura de nuestra ciudad. Él mismo se dedicó a buscar patrocinadores, alguien que le apoyara con las sillas, la lona, los carteles.

Vender boletos fue nuestro trabajo, pese a que el precio era de 20 pesos, fue casi una odisea. Andábamos de aquí para allá, casi nadie se interesaba o no lo conocían o pensaban que 20 pesos era mucho dinero para un chiquillo que seguramente no llegaría a ningún lugar. Al final, cumplimos con nuestro deber, ¿cómo? no lo sé; sólo recuerdo que llegó el día, yo tenía una fiesta así que llegué con retraso, mis amigas –por el contario- estuvieron ahí toda la tarde, arreglando lo que tenía que arreglarse. A la hora señalada Carlos cantó con el corazón (como siempre lo hace) canciones que no eran de su autoría, canciones de artistas a los que muy probablemente nunca llegaría a conocer…

El club de fans trabajaba con él, recuerdo a Carlos como ese chico delgado, muy delgado, que siempre se mostró amable con nosotras, que accedía a acompañarnos al parque a tomar un helado, que junto a mis amigas se confabuló para darme una serenata el día de mis XV otoños. Sí, Carlos Rivera me cantó, comió –sin hacer ningún gesto- el horroroso pastel que mis amigas cocinaron, y siempre que podía escuchaba nuestras tonterías de adolescentes. En una de las reuniones del club de fans, uno de los “chicos rebeldes de la prepa” (por cierto, ahora solo se dedica a reproducirse) nos dijo “¿Ustedes creen de verdad que Carlos llegará a hacer un verdadero cantante? Ja, ja ja, no mamen”. La frase me llenó de coraje, estaba un poco enamorada de Carlos, me sentí ofendida, al final no le contesté, pero la vida sí lo hizo.

El tiempo pasó, Carlos entró a la Academia, la prueba de fuego del club de fans había llegado. Hicimos todo lo que pudimos hacer, rifas, eventos, boteo; recuerdo el enorme compromiso de Monse Castañeda, entregada por completo a la causa. Incluso llegó a pensar en perder el semestre para trabajar el doble y así poder juntar el dinero necesario para que Carlos ganara. La actitud de Huamantla hacia el cantante había cambiado, ahora todos lo conocían y todos lo querían. Nunca llegué a ir a un concierto en vivo, no sé si Monse fue, pese a que cada semana salía un grupo a la CDMX para el evento, no se ofrecieron a llevarnos –al menos no gratuitamente. Al final, la presión por ayudar a Carlos quebró la amistad y el club de fans cambió de nombre o de presidenta, no lo recuerdo. Carlos ganó el concurso y comenzó su ya inevitable éxito. Por alguna razón le perdí la pista, siete años después me encontraba finalizando una estancia de investigación en Madrid, caminaba por la Gran Vía cuando me encontré con un enorme cartel que anunciaba la obra de El Rey León, cuál fue mi sorpresa al ver que el papel principal era de Carlos Augusto, pero ya no era el chico delgado y tímido que alguna vez conocí, era un hombre guapo, sonriente y seguro de sí. Quise comprar un boleto, el precio estaba fuera de mi alcancé. Algún día, algún día, pensé…

El año pasado volvimos a coincidir en la entrega del Premio Estatal de la Juventud, asistí como invitada, él sería galardonado. Cuando llegó, la gente se volvió loca, sentí otra vez ese impulso adolescente, quería lanzarme y decirle “Hey Carlos ¿te acuerdas de mí? Nos conocimos en la prepa, era la presidenta de tu club de fans” No lo hice, me quedé en mi silla, escuché su motivador discurso, lo vi tomarse fotos con cada una de las chicas que se lo pidió, la escena me conmovió hasta las lágrimas: Lo lograste amigo, de verdad lo hiciste.

Y hace un par de meses vi cómo paralizó nuestra pequeña ciudad, no pude ir a su concierto, tenía que viajar a Morelia esa noche ¡Qué coraje, pero el estudio es primero! Qué vueltas da la vida, hace quince años no podíamos vender los boletos para su concierto, este año se agotaron por completo. Termino estas líneas con miles de recuerdos agradables de mis amigas miembros del club de fans, no sé dónde está Monse, Alma y Elizabeth, a Susana y a Viri (editora de este periódico) solo las tengo en FB. Cada quien tomó su camino, las abrazo con el corazón.

Gracias Carlos por hacerme creer, por mostrarme que la fuerza de voluntad y la disciplina sí rinden frutos. Vale la pena soñar con imposibles y trabajar por ello. Algún día, lo sé, nos volveremos a ver y quién sabe, a lo mejor, sí te acuerdes de mí.

Anakaren Rojas

Cuautle_nerak_@hotmail.com

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